Grandes Ciudades

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Un puente, un emblemático edificio para la ópera y unos Juegos Olímpicos. Estos son los tres principales pilares en los que sustenta Sídney su prestigio, su reputación mundial como ciudad abierta, cosmopolita y atractiva. Además de esas tres obras humanas, una naturaleza muy generosa –el océano, la vegetación exuberante, las numerosas playas convertidas en el principal espacio público– le da a la ciudad un carácter inconfundible, único.
A Sídney le dedica un volumen la colección Ciudades, que publica ACS. «Sídney es un hermoso fruto de una penosa historia en un difícil país, coronada por el éxito», comenta en la introducción el impulsor y supervisor de la colección, el ingeniero y economista Miguel Aguiló.
La penosa historia arranca en 1788, cuando llega desde la metrópoli, Gran Bretaña, una primera flota con convictos condenados a prisión y con sus carceleros. Sídney fue colonia de presidiarios durante más de medio siglo, hasta 1840. Hasta que los colonos dijeron «basta» y amenazaron con una guerra de independencia a la americana.
La fiebre del oro desató en 1851 una primera gran corriente migratoria a la ciudad desde toda Australia. La industrialización posterior y la modernización en las tres últimas décadas del siglo xx propiciaron la llegada de inmigrantes de otros orígenes más lejanos: asiáticos, norteamericanos, de países árabes… Hoy la ciudad supera con creces los cinco millones de habitantes, repartidos por toda la bahía. En barrios de casas unifamiliares, en calas con laderas salpicadas de residencias, en un centro lleno de rascacielos… Y siempre, en torno a las playas, los auténticos lugares públicos de disfrute; siempre mirando al mar.
El puente sobre la bahía –en realidad, una ría que es el mayor puerto natural del mundo– se construyó hace ahora un siglo y se abrió en 1932. La icónica Royal Opera House, diseñada por el arquitecto danés Jørn Utzon tras ganar un concurso internacional y completada por arquitectos australianos, fue inaugurada en 1973 por Isabel II, en cuanto monarca de Australia. La celebración de los Juegos Olímpicos, en el año 2000, abre definitivamente la ciudad al mundo.
«Indudablemente, los Juegos se convirtieron en un escaparate, pero para mí lo que ha conseguido el edificio de la ópera es algo único. Por primera vez en la historia, un edificio construido por el hombre se ha adueñado de la imagen de la ciudad y del continente. Nunca antes una obra ha glorificado de esa manera el lugar donde está», comenta Aguiló.
Pese a su origen como fundación y colonia británica, Sídney no se parece a las ciudades de su antigua metrópoli. Hay una razón histórica. Los australianos rompieron con los británicos tras la batalla de Galípoli, en 1915, durante la Primera Guerra Mundial. Participaron con 50 000 hombres, perdieron a muchos de ellos, se sintieron traicionados por los británicos y se acercaron a los EE. UU. y absorbieron la cultura, la estética y el modo de vida estadounidense. «De ahí que el modelo de ciudad sea muy americano», comenta Miguel Aguiló. Rascacielos, autopistas, barrios residenciales, playas que son el centro de la vida.
Casi en nuestras antípodas, a muchas horas de vuelo, puede dar pereza visitarla. «Desde Sídney, todo está lejos. Es el centro de una inmensidad vacía», dice Aguiló. ¡Pero qué centro!

