Grandes Ciudades
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Ciudad antigua, pues existe desde hace dos milenios, y moderna y global, pues nunca ha dejado de ponerse al día, de recomponerse y de reinventarse, especialmente en los dos últimos siglos. Esa es la urbe que nos encontraremos en La pragmática construcción de Londres, el volumen de la colección Ciudades, que publica ACS, dedicado a la capital británica.
«Siempre es arbitrario elegir un comienzo, pero este libro ‘debe’ empezar exactamente en 1848», escribe Miguel Aguiló, ingeniero, economista y supervisor e impulsor de la colección. Pocos años antes o después de esa fecha, añade, ocurrieron muchas cosas que fueron «referencia cronológica de grandes cambios en la ciudad y en el país». Por entonces, por ejemplo, comienza la Segunda Revolución Industrial. La ciudad ya era grande en aquellos tiempos, pero en esos años entra en un ciclo económico de acumulación de capital que acelera su crecimiento. Y recuerda en ese punto Aguiló una cita del historiador británico Eric Hobsbawn: «Solo la economía británica estaba efectivamente industrializada en 1848, y consecuentemente dominó el mundo».
Ese 1848 refundacional de Londres da paso a cuatro épocas que han reforzado su liderazgo y la han traído hasta hoy: la Revolución Industrial, el imperio, la modernidad y la globalización.
En todas esas épocas sucesivas, el río y el ferrocarril han sido dos de los agentes fundamentales de esa transformación exitosa de la ciudad.
Por el río, el Támesis, con sus muelles y sus puentes, entró la riqueza. «Su gran anchura convierte el río en bulevar de la ciudad, a sus orillas en su mejor escaparate y a su recorrido en el más preciado paseo, pero sin limitarla gracias a unos puentes que unen las orillas pero también son jalones de su curso y referencia de los barrios adyacentes».
El ferrocarril, por su parte, se integró desde el principio en la trama urbana, incluso con estaciones insertadas en los edificios, y ha permitido una excelente relación entre el centro y la periferia. La tupida red ferroviaria y de metro han permitido que el centro de Londres no esté invadido por los coches –apenas hay aparcamientos que lo propicien, y además las calles son estrechas– y que todas las clases sociales viajen en esos medios de transporte público, desde el CEO hasta el último conserje de una gran empresa situada en la City.
En lo urbanístico, hay un momento clave en la historia de la ciudad. Fue en 1811, cuando se crea Regent Street, la calle comercial de Londres diseñada por el arquitecto John Nash como parte de la ruta ceremonial desde la residencia del regente, el futuro Jorge IV, hasta Regent’s Park. La vía dividió la ciudad entre Este y Oeste, y convirtió la zona Oeste en el área más rica, en la que se asentaron las clases acomodadas y las grandes zonas comerciales, y desterró al Este los barrios marginados y el puerto. Hoy, sin embargo, el Este está vivísimo y regenerado. «En este momento Londres es divertido en el Este y aburrido en el Oeste», dice entre bromas y veras Miguel Aguiló.
Antiguas iglesias y palacios decimonónicos y espectaculares edificios acristalados de oficinas; museos y puentes, parques frondosos, estaciones de ferrocarril cuidadosamente remozadas –algunas de ellas por el Grupo ACS–; multiculturalidad, dinamismo. Londres sigue siendo una urbe fascinante.


