Grandes Ciudades

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«Crear una ciudad es difícil. Crear una ciudad desde cero es arriesgado. Crear una gran ciudad desde cero es temerario. Crear la capital de un gran país desde cero es insólito». Así comienza De Philadelphia a Washington, la creación de la capital nacional, el nuevo libro de la serie Ciudades publicada por ACS con la supervisión y el impulso del ingeniero, economista y catedrático Miguel Aguiló. El libro ofrece una exploración detallada de la evolución de Philadelphia y de Washington DC, y revela cómo estos dos lugares han influido de manera fundamental en la identidad y el desarrollo de los Estados Unidos de América.
Aguiló considera que la historia de la fundación de Washington DC es un caso único y crucial. «No fue la primera capital de los nacientes Estados Unidos, a finales del siglo XVIII. La primera fue Philadelphia, que por entonces era la segunda ciudad más poblada del planeta, sólo superada por Londres. El acuerdo de los 9 estados fundacionales de crear una ciudad nueva como capital es clave para el éxito posterior de la propia nación».
Fundada en 1682, Philadelphia se basaba en un plan urbano clásico, con un centro, dos ejes, calles en cuadrícula y parques en el centro de cada cuadrante. En 1790, George Washington, primer presidente de los EE UU, elige el sitio para la futura capital, Washington DC. Era un espacio cuadrado de 10 x 10 millas en la desembocadura del río Potomac. Por entonces albergaba tres pequeños pueblos independientes con menos de 5.000 habitantes.
El plan de Washington rompió con los esquemas conocidos al emplear diagonales para proporcionar máxima visibilidad a los dos principales edificios gubernamentales: el Capitolio, sede del Congreso, y la Casa Blanca, residencia oficial del presidente. «Se le da adrede más relevancia al Capitolio, como sede de la soberanía popular», comenta Aguiló.
El diseño de la nueva capital se lo encargó Washington a un joven pintor francés, Pierre L’Enfant, poco avezado en urbanismo. Tuvo algunos grandes aciertos y algunos errores. Más de un siglo después, un grupo de arquitectos, ingenieros y paisajistas designados por el Senado reformaron parte de los planes de L’Enfant –especialmente, el llamado diseño en L– y le dieron el impulso definitivo a Washington DC.
Philadelphia y Washington, distanciadas tan solo 200 km en línea recta, ejercían influencia política en direcciones opuestas. El relato del territorio entre ambas ciudades se entrelaza con la historia política, social y arquitectónica de la nación. La columna vertebral del territorio fue el ferrocarril.
«Este territorio, transformado por las sucesivas voluntades de 46 presidentes, lleva consigo la huella de cada líder y sus decisiones –escribe Aguiló en el libro–. La ubicación central de Washington DC en los ejes geográfico, cultural y temporal del país ha forjado una identidad única. No es solo una ciudad; es un paisaje metropolitano donde la ciudad se proyecta sobre el territorio, y se erige en el epicentro de la memoria colectiva y la narrativa presidencial, expresadas a través de construcciones, monumentos, memoriales y señales. Un paisaje conformado por un sistema de ciudades interconectadas por historias compartidas, carreteras y modos de transporte, que sirve como un testimonio tangible de la evolución de la nación».